10 enero 2006

Los Pililos

(Artículo de opinión escrito por el sociólogo Fernando Villegas para el diario de circulación nacional La Tercera [Chile]; la fecha de edición es 08-01-06.)

Se los llamaba pililos, palomillas, pelusas. Asomaban sus caras sucias y sus narices moquillentas tras las faldas de sus madres cuando éstas, a su vez, se aparecían en el umbral de sus rucas de cartón al sonido del paso del tren.

Eran los años 50, 60. Por entonces dichos pelusas o palomillas limitaban sus felonías a daños menores a la propiedad, jugar a la pelota en sitios prohibidos, quebrar un vidrio, arrojar un piedrazo a un lejano camión en marcha.

Cincuenta años más tarde los nietos de dichos pillastres dan muestras contundentes del enorme progreso logrado. Las patotas de niñitos estropajosos a las que espantaba el jardinero del parque a manguerazos se han convertido en bandas bien provistas de artillería Colt a los que no asustan ni los ratis. Del robo de una "Negrita" en el boliche de la esquina, perpetrado por sus inocentes abuelos con el alma en vilo, ascendieron a la condición de endurecidos sicarios, distribuidores y consumidores de drogas.

Las chicas más jóvenes del elenco trepan muros y descerrajan domicilios. Los que aún van al colegio sustituyeron la honda matapajaritos por el cuchillo carnicero y el trabuco hechizo; con ellos zanjan cuentas, borran agravios. Nadie es quién para venir a mirarles la mina de 13 años a quien ya embarazaron.

Es la tercera generación de la marginalidad juvenil urbana a que dio lugar la migración campo-ciudad después de la Segunda Guerra Mundial. Sus abuelos llegaron a Santiago alrededor de los 50 y 60, armaron poblaciones callampas al borde de las líneas férreas, en basureros y descampados. Se ganaban la vida con peguitas ocasionales. Podían ser changadores de mudanzas, cargadores en la Vega, mendigos de esquina o de escalinata de templo. Los hijos de aquellos, a quienes tuvieron precozmente como siempre hacen los muy pobres, crecieron ya en la ciudad, en sus laberintos de cemento, basura, soledad y desamparo.

Ni por un minuto supieron, como habían sabido sus padres en su propia niñez, de árboles, de animales, de esa belleza inconsciente y calmada del campo. Pateando piedras en poblaciones y belicosas tomas crecieron, en canchas polvorientas crecieron, con toque de queda, con allanamientos sorpresa, con padres o tíos o conocidos desapareciendo de la noche a la mañana. Ya no eran más palomillas sino sospechosos. Amamantando violencia y odio se hicieron mayores y a poco andar, imitando en precocidad a sus padres, tuvieron su propia camada de proletarios. Eso sucedió entre los 80 y los 90 y ahora sus vástagos son cientos de miles, quizás más de un millón.

El grafitero
Reflexiono todo esto leyendo la historia del grafitero que primero fue sorprendido en Perú basureando un muro histórico y ahora lo sorprenden en el mismo país con un módico cargamento de marihuana. Todos recuerdan al personaje. De ocioso, de pelotudo, de borracho prematuro, dióse en rayar una pared valiosa como por lo demás hacen rutinariamente millones de jóvenes de todo el mundo y por el mismo motivo. El vandalismo es hebra del alma que nace y prospera en todo pecho incapaz de otra cosa. Si no puedes construir o participar de lo construido, al menos cabe la posibilidad de ensuciarlo, deteriorarlo, ojalá arruinarlo para siempre.

Toda sociedad repleta de humillados está repleta de vándalos en potencia. Salen de sus madrigueras apenas hay un corte de luz, si la policía se retira o aparece una masa amorfa que les da cobertura. E importa poco si salen vociferando eslóganes políticos o sólo por su cuenta, si es para celebrar una victoria o consolarse de una derrota, si los objetos de su furia son sus propios pupitres, bancos de plaza, faroles y teléfonos de población o propiedad ajena; la alegría malsana y bastarda de destruir los embriaga por igual.

Este vándalo vocacional que espera su oportunidad es, el resto del tiempo, el ocioso, el pandillero, a menudo ya el delincuente. Se levanta a las dos o tres de la tarde y va y ocupa la esquina de su banda para comenzar el "leseo". Es quizás un consumado narcotraficante.

Conoce, además, los trucos necesarios para concitar la boba simpatía de los progresistas; sabe cómo plantarse ante la cámara y recitar el mantra "no nos dan oportunidades". Pero lo último que querrían es trabajar. Si por casualidad alguien los contrata, duran dos días en la pega; les es imposible levantarse temprano, marcar tarjeta, aprender un par de cosas, estar ahí hasta la tarde y ganar un sueldo vital. Más fácil es vivir a costillas de la madre, de pequeñas raterías, de la venta de papelillos, del cogoteo a un curado.

Mañana
¿Qué será de estos fulanos, mañana? ¿Y de los hijos que están teniendo? Sus futuras madres pasean ya sus hinchados vientres por el vecindario. Será la cuarta generación, aun peor que la tercera, aun más inútil y hostil. Crecerán viendo a sus padres y abuelas armar sobrecitos con pasta base en la mesa del living. Dios nos pille confesados. Quizás no haya ya otro remedio que el inconscientemente utilizado en EE.UU y que, según un estudioso, es la verdadera razón de que disminuyera el crimen en los últimos años: hacer que esos nuevos pililos nunca nazcan, fomentar la contracepción, matarlos en el limbo. Parece ser que en Chile sobra la gente y el rebase humano, podrido, corrupto, pervertido, tarado y enchuecado, no tiene otro camino que la violencia, el delito y la barbarie.

¿Quién va a sacarlos de eso? ¿Padres que son o fueron como ellos? ¿Colegios donde cunde la indisciplina y el alumno molesto cobra venganza a cuchillazos? ¿Una nación de necios que tiemblan de sólo pensar en que se exija, se ordene, se discipline, se castigue y se haga trabajar a sus propios hijos?

Nota del autor del Blog: Para encontrar una posición diferente en cuanto al problema de la natalidad pulse aquí.

15:45 Anotado en Crítica | Permalink | Comentarios (1) | Email esto

Comentarios

Bueno el artículo, hay que sacar a estos "chicos" de esto. Claro que los colegios "tradicionales" no pueden. Hay que inventar cosas nuevas (ya hay algunas): nuevos modelos educacionales, nuevos grupos de la misma sociedad que se preocupen de estos chicos. Sacarlos del círculo vivioso de la pobreza material y espiritual. Se puede, la solución no es impedir que nazcan. Además, dudo que sean siempre los hijos biológicos de los pililos de la generación anterior, más bien creo que hay un trasvasije entre un grupo y otro.

Te contaré que en Alemania, lo que se "hereda" es la condición de persona ayudada por la seguridad social. En el último tiempo (con 12% de desempleo al final del gobierno de Schröder) comenzó a tematizarse -evidentemente mediante estudios estadísticos- que las personas que reciben ayuda social, son hijas de otras personas que recibieron en el pasado ayuda social.

Como el círculo de los "ayudados socialmente" es cada día más grande, se teme que, en el futuro, la cantidad de personas que recibe esta ayuda sea tan cuantiosa que ya no pueda ser pagada.

Por otra parte, el problema demográfico (cada día somos menos en Alemania) conduce a que cada vez menos gente informe el sector activo de la sociedad, al tiempo que aumenta progresivamente el sector pasivo. De manera que, objetivamente, sí necesitamos gente que trabaje.

Un saludo grande!

Anotado por: Marta Salazar | 23 enero 2006

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