28 octubre 2007

Marximiliano

10 enero 2006

Los Pililos

(Artículo de opinión escrito por el sociólogo Fernando Villegas para el diario de circulación nacional La Tercera [Chile]; la fecha de edición es 08-01-06.)

Se los llamaba pililos, palomillas, pelusas. Asomaban sus caras sucias y sus narices moquillentas tras las faldas de sus madres cuando éstas, a su vez, se aparecían en el umbral de sus rucas de cartón al sonido del paso del tren.

Eran los años 50, 60. Por entonces dichos pelusas o palomillas limitaban sus felonías a daños menores a la propiedad, jugar a la pelota en sitios prohibidos, quebrar un vidrio, arrojar un piedrazo a un lejano camión en marcha.

Cincuenta años más tarde los nietos de dichos pillastres dan muestras contundentes del enorme progreso logrado. Las patotas de niñitos estropajosos a las que espantaba el jardinero del parque a manguerazos se han convertido en bandas bien provistas de artillería Colt a los que no asustan ni los ratis. Del robo de una "Negrita" en el boliche de la esquina, perpetrado por sus inocentes abuelos con el alma en vilo, ascendieron a la condición de endurecidos sicarios, distribuidores y consumidores de drogas.

Las chicas más jóvenes del elenco trepan muros y descerrajan domicilios. Los que aún van al colegio sustituyeron la honda matapajaritos por el cuchillo carnicero y el trabuco hechizo; con ellos zanjan cuentas, borran agravios. Nadie es quién para venir a mirarles la mina de 13 años a quien ya embarazaron.

Es la tercera generación de la marginalidad juvenil urbana a que dio lugar la migración campo-ciudad después de la Segunda Guerra Mundial. Sus abuelos llegaron a Santiago alrededor de los 50 y 60, armaron poblaciones callampas al borde de las líneas férreas, en basureros y descampados. Se ganaban la vida con peguitas ocasionales. Podían ser changadores de mudanzas, cargadores en la Vega, mendigos de esquina o de escalinata de templo. Los hijos de aquellos, a quienes tuvieron precozmente como siempre hacen los muy pobres, crecieron ya en la ciudad, en sus laberintos de cemento, basura, soledad y desamparo.

Ni por un minuto supieron, como habían sabido sus padres en su propia niñez, de árboles, de animales, de esa belleza inconsciente y calmada del campo. Pateando piedras en poblaciones y belicosas tomas crecieron, en canchas polvorientas crecieron, con toque de queda, con allanamientos sorpresa, con padres o tíos o conocidos desapareciendo de la noche a la mañana. Ya no eran más palomillas sino sospechosos. Amamantando violencia y odio se hicieron mayores y a poco andar, imitando en precocidad a sus padres, tuvieron su propia camada de proletarios. Eso sucedió entre los 80 y los 90 y ahora sus vástagos son cientos de miles, quizás más de un millón.

El grafitero
Reflexiono todo esto leyendo la historia del grafitero que primero fue sorprendido en Perú basureando un muro histórico y ahora lo sorprenden en el mismo país con un módico cargamento de marihuana. Todos recuerdan al personaje. De ocioso, de pelotudo, de borracho prematuro, dióse en rayar una pared valiosa como por lo demás hacen rutinariamente millones de jóvenes de todo el mundo y por el mismo motivo. El vandalismo es hebra del alma que nace y prospera en todo pecho incapaz de otra cosa. Si no puedes construir o participar de lo construido, al menos cabe la posibilidad de ensuciarlo, deteriorarlo, ojalá arruinarlo para siempre.

Toda sociedad repleta de humillados está repleta de vándalos en potencia. Salen de sus madrigueras apenas hay un corte de luz, si la policía se retira o aparece una masa amorfa que les da cobertura. E importa poco si salen vociferando eslóganes políticos o sólo por su cuenta, si es para celebrar una victoria o consolarse de una derrota, si los objetos de su furia son sus propios pupitres, bancos de plaza, faroles y teléfonos de población o propiedad ajena; la alegría malsana y bastarda de destruir los embriaga por igual.

Este vándalo vocacional que espera su oportunidad es, el resto del tiempo, el ocioso, el pandillero, a menudo ya el delincuente. Se levanta a las dos o tres de la tarde y va y ocupa la esquina de su banda para comenzar el "leseo". Es quizás un consumado narcotraficante.

Conoce, además, los trucos necesarios para concitar la boba simpatía de los progresistas; sabe cómo plantarse ante la cámara y recitar el mantra "no nos dan oportunidades". Pero lo último que querrían es trabajar. Si por casualidad alguien los contrata, duran dos días en la pega; les es imposible levantarse temprano, marcar tarjeta, aprender un par de cosas, estar ahí hasta la tarde y ganar un sueldo vital. Más fácil es vivir a costillas de la madre, de pequeñas raterías, de la venta de papelillos, del cogoteo a un curado.

Mañana
¿Qué será de estos fulanos, mañana? ¿Y de los hijos que están teniendo? Sus futuras madres pasean ya sus hinchados vientres por el vecindario. Será la cuarta generación, aun peor que la tercera, aun más inútil y hostil. Crecerán viendo a sus padres y abuelas armar sobrecitos con pasta base en la mesa del living. Dios nos pille confesados. Quizás no haya ya otro remedio que el inconscientemente utilizado en EE.UU y que, según un estudioso, es la verdadera razón de que disminuyera el crimen en los últimos años: hacer que esos nuevos pililos nunca nazcan, fomentar la contracepción, matarlos en el limbo. Parece ser que en Chile sobra la gente y el rebase humano, podrido, corrupto, pervertido, tarado y enchuecado, no tiene otro camino que la violencia, el delito y la barbarie.

¿Quién va a sacarlos de eso? ¿Padres que son o fueron como ellos? ¿Colegios donde cunde la indisciplina y el alumno molesto cobra venganza a cuchillazos? ¿Una nación de necios que tiemblan de sólo pensar en que se exija, se ordene, se discipline, se castigue y se haga trabajar a sus propios hijos?

Nota del autor del Blog: Para encontrar una posición diferente en cuanto al problema de la natalidad pulse aquí.

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29 diciembre 2005

Un ejemplo de comunicación estratégica o de "ciencia y técnica como ideología".

(recomiendo leer primero el hipervínculo.)

A raíz de un artículo del historiador Gonzalo Rojas Sánchez, titulado  "Año nuevo, Vida nueva o bien Buenas noticias: Nuevas vidas" y publicado ("posted") en el blog "Alemania: economía, sociedad y derecho" de la abogada Marta Salazar Sánchez, escribí el siguiente "comment" en la sección de comentarios del artículo.

"Las ficciones apoyadas en cierta plausibilidad que otorga la referencia a la investigación demográfica da para todo tipo de elucubraciones (así como las proyecciones de los economistas que no paran de corregirse y ajustarse hasta el día en que acaece lo "pre-dicho") que se prestan finalmente para sostener argumentos estratégicos como el de nuestro malthusiano compatriota investido en el "prólogo" de la más "respetable autoridad" en el ámbito de las afirmaciones acerca de lo que ES y las relaciones de causa/efecto (brillante investigador). Debemos concluir entonces que nuestro país, Chile, se encamina a la catástrofe, ya que no se repondrá la población económicamente activa, desaparecerán los niños de las calles y, más encima, la candidata a la presidencia "Frau Dr. Bachelet" promoverá de algún modo u otro el aborto, por lo tanto, ella nos llevará o arrastrará a través de políticas públicas al cataclismo. En definitiva, el científico desde su púlpito nos sugiere (nos descubre el buen sentido conforme al Derecho natural) lo que DEBE SER el 15 de Enero."

 

Marta me ha respondido: "Gracias por tu comentario Alberto, pero esto, de maltusiano no tiene nada. Te aconsejo informarte acerca de lo que ocurre en Europa, en el ámbito demográfico. A ver si podemos hablar de catastrofismo. Busca en este blog, [o] en Google, los descriptores (me refiero a las palabras, ¿no?): invierno demográfico, envejecimiento de la población, Laulan, Stürmer y Felderer y después hablamos. Ahora visitaré tu blog y nuevamente gracias por tu comentario."

Sí, estamos de acuerdo que en su contenido no tiene nada de la Teoría de Malthus, incluso se trata de todo lo contrario, pues este economista británico del siglo XIX (1766-1834), en su libro Ensayo sobre el Principio de la Población, en palabras del biólogo Nasif Nahle

"expresó su teoría sobre las poblaciones, diciendo que mientras que las poblaciones crecían en forma logarítmica (geométrica), los recursos naturales para la manutención de esas poblaciones aumentaba en forma aritmética. En este libro, Malthus vaticinaba el colapso de las poblaciones humanas si no se sometían en forma voluntaria a la reducción de la natalidad." (ver fuente)

 

Sin embargo, su referencia la utilicé para resaltar el vaticinio que nos augura un colapso, y dejar presente que estas predicciones son falibles.

En cuanto al problema netamente demógráfico, sin duda acontece y se agradecen los descriptores que nos permitirán ahondar en el tema. Pero mi crítica apunta a la intencionalidad del autor, al uso estratégico del discurso, a su aparente armazón lógica, a mi sospecha del "se sigue de lo anterior que", del involucramiento interesado, del envoltorio ilusorio acerca de un problema científico de la actualidad y su utilidad encubierta (la de  insinuación para tomar una "patriótica" decisión electoral en la actualidad, el 15 de Enero de 2006, las elecciones presidenciales en Chile). 

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28 diciembre 2005

Hijos del rigor

(Artículo de opinión escrito por el sociólogo Fernando Villegas para el diario de circulación nacional La Tercera [Chile]; la fecha de edición es 25-12-05.)

 

Si acaso llegamos a ser algo es sólo siendo hijos del rigor. De lo contrario, si se nos dejó enteramente en manos del principio del placer, inevitablemente caeremos en la inercia, la vagancia, la irrelevancia y la imbecilidad. El cerebro sin entrenamiento se relaja en su atención, se duerme a la primera oportunidad y nos deja ser arrastrados sin resistencia por prejuicios, dogmas y modas. Sin formación lograda a base de esfuerzo nuestro estado de naturaleza no es muy distinto al de los macacos. De hecho y a la primera oportunidad el hombre-masa no entrenado se dedica sólo a dormir, fornicar, comer y defecar. medium_fernandovillegas.jpg

Amén de por la necesidad que obliga al trabajo, ese impulso irresistible a la inercia es combatido por la disciplina. Llamamos disciplina al hábito físico y/o mental que en un área determinada de la vida nos lleva automáticamente a ciertos comportamientos regulares y eficaces que suponen esfuerzo y exigencia. Con eso obtenemos resultados superiores. Con eso nos convertimos en seres humanos y dejamos de ser monos. Con eso los individuos y las naciones progresan y obtienen esa forma de felicidad -única posible- que es la satisfacción del trabajo y la obra bien hechos.

Es precisamente lo que alguna vez -aunque muy imperfectamente- tuvimos como nación y que ahora NO tenemos. Al contrario, una generación tras otra de chilenos, de modo creciente, manifiesta y defiende los valores del "let it be". Con la teoría de que debemos ser naturales y espontáneos se ha criado a las nuevas generaciones no a base de la exigencia, sino en un clima de "güena onda" y ofertón de diversiones. No vaya a ser que los niñitos se traumen. "Déjenme el chiquillo en paz", vociferan los padres. "No aplasten su personalidad" advierten los pedagogos de escritorio.

Los adultos jóvenes, también contaminados, se dejan estar. La mediocridad laboral y profesional es la norma, a menudo operando al borde de la torpeza y la negligencia. Más aun, estos adultos acusan a cualquier forma de exigencia -académica, profesional, laboral, etc.- como "fascista", "cavernaria", "resabio de la dictadura", "antidemocrática, "elitista", "represiva", etc. La flojera y la incompetencia, hoy, disponen de doctrina y de código civil. Están por redactarse los Derechos Humanos de los Porros.

 

Viejos tiempos

Los que crecimos en tiempos menos progresistas tuvimos otra experiencia. ¡Ay del flojo, del dejado! A patadas en el poto se lo sacaba del colegio y se lo mandaba a trabajar. Nada de años sabáticos en el Caribe, de sicopedagogos, de ritalín. Se nos hacía ver desde niñitos que la vida no era chacota; teníamos que sacar las mejores notas, lustrarnos los zapatos, ventilar y hacer la cama, recoger la ropa sucia, ir de compras, obedecer a los mayores, preparar las tareas, memorizar los poemas, escribir caligráficamente, expresarnos correctamente, aprender matemáticas, aprender historia, aprender idiomas, aprender los verbos, leer El Quijote, leer a Manuel Rojas, escribir composiciones, ir a la matiné y volver de las fiestas a las 11 de la noche "a más tardar".

No hablo sólo desde la vereda de mi experiencia personal. Es verdad que en nuestro caso madre Lucy nos enseñó hasta el arte de cómo usar los cubiertos en la mesa. Literalmente mi hermano y yo marchábamos en formación. Los libros estuvieron ahí, a mano, desde nuestros 3-4 años. A los cinco teníamos lapicera fuente. Se suponía que a esa edad no sólo leíamos y escribíamos, sino que que debíamos hacerlo en orden y con claridad.

Pero, grados más o menos, fue la experiencia de toda esa generación, la de los tipos de 50-60 años que hoy manejan las empresas, los ministerios, las profesiones. No deseo siquiera imaginar qué viene después, cuando a estos ancianos los sustituyan los formados en la atmósfera de la indisciplina y el tonteo.

 

Disciplina

Porque la clave de toda acción exitosa es la disciplina. Las ciencias y artes son, cada una de ellas, "disciplinas". Disciplina, esto es, lo repetimos, comportamiento sostenido bajo elevada exigencia hasta alcanzar la maestría. La maestría y luego, quizás, la genialidad creativa. El genio está al final del esfuerzo, muy al final, no al principio. El genio es esfuerzo en su máxima sublimación, no fantaseo, mariposeo, capricho del minuto, cosa facilona y divertida. Esto último, a lo más, con suerte, puede dar lugar a un chispazo de ingenio, pero al genio jamás.

Catastrófico es entonces que en su versión nacional las ciencias pedagógicas, por diversos caminos, hayan invertido esa simple ecuación. El esfuerzo de memorización, de someterse a disciplinas, de "estudiar materias", de sacarse la cresta, ha parecido y parece banal, innecesario, cavernario, obsoleto, represivo, mala onda. Se lo sustituye con la panacea del "aprender a aprender".

Es como si un padre, en vez de enseñar a su hijo a caminar haciéndolo caminar, pretendiera enseñarle aprender a aprender a caminar. Pero mientras tanto que no camine ni un paso, no se vaya a caer.

Todo esto, tan de cajón, pasó al olvido. Esa fatal mezcla de insensatez con pedantería, producto tan abundante en medios académicos, ha hecho en este, el de las ciencias de la educación, verdaderos estragos. Y los resultados están a la vista.