08 septiembre 2006

Señor Mandeville: ¿por qué somos como somos?

Este segundo semestre de 2006, en la carrera de Derecho, estoy cursando Filosofía del Derecho. La primera lectura fue el libro La Fábula de las Avejas (publicado en 1714), escrita por Bernard Mandeville (1670-1733), que también contiene un ensayo titulado Investigación sobre el origen de la virtud moral. En ambos escritos el autor intenta explicar qué es lo que permite a una sociedad constituirse en una sociedad bien organizada de modo que genere riqueza y grandezas o, dicho de otro modo,  qué es lo que hace que las sociedades grandes y poderosas sean lo que son.

 

Explicación de la teoría social de Mandeville: 

El autor asume lo que parece ser una extendida concepción del hombre en la Inglaterra del siglo XVII (basta recordar los estados de naturaleza descritos por Thomas Hobbes en el "Leviatán", publicado en 1651, y por John Locke en el "Segundo Ensayo Sobre el Gobierno Civil" en 1690), al respecto escribe Mandeville en la introducción de su Investigación, "concibo al hombre... como un compuesto de varias pasiones que todas, a medida que se las provoca y van saliendo a la superficie, lo gobiernan por turno, quiéralo o no" (p.22).  Puesto en esos términos, el comportamiento humano es fruto de las pasiones, apetitos, inclinaciones o impulsos naturales que les son propios a la especie hombre como parte del género animal. Sin embargo en La Fábula se acusa al hombre de ser el único incapaz de concordar en multitud sin el freno del gobierno a diferencia de todo el resto del reino animal. En suma, si la función del Estado es hacer concordar las disonancias el principal escollo a este propósito será entonces la naturaleza del hombre.

Es en esta parte de la exposición donde se hace necesario introducir la definición, que hace el autor en su Investigación, de dos términos contrapuestos, el vicio y la virtud. Se llamará "VICIO a todo lo que el hombre sin consideración por el público, fuera capaz de cometer para satisfacer alguno de sus apetitos, si en tales acciones vislumbrara la mínima posibilidad de que fuera nociva para algún miembro de la sociedad y de hacerle menos servicial para los demás; y en dar el nombre de VIRTUD a cualqueir acto por el cual el hombre, contrariando los impulsos de la Naturaleza procurara el bien de los demás o el dominio de sus propias pasiones mediante la racional ambición de ser bueno" (p.27).

La tensión de la situación a la que hemos llegado hasta aquí consiste, en pocas palabras, en la inminencia de la ruina de toda pretensión de conservar la sociedad dado que en su propio seno alberga conductas personales orientadas a satisfacer sus propios apetitos. Este problema como ya adelantamos lo resuelve el talento político entendido como la diestra dirección de los vicios de cada persona en particular que transforma sus nocivos efectos en una contribución a la magnificencia y felicidad terrenal. La misma Fábula trata el parangón entre un panal de abejas y una sociedad de individuos, "cada parte estaba llena de vicios, pero todo el conjunto era el Paraíso" (p.14).

Si bien ya hemos destacado la importancia de la política para conseguir la armonía social, no nos hemos referido al arte del Estado propiamente tal que permite alcanzar esa óptima organización. Cabe hacerse entonces la misma pregunta que se hizo Mandeville: ¿cómo estimular al hombre a la virtud? El autor aborda este problema en su Investigaciones, allí plantea el desafío con el que se encuentra todo gobierno, "[lograr] persuadir a los hombres a condenar sus inclinaciones naturales o a preferir el bien de los otros al suyo propio, [y que la forma de la solución a adoptar es] una recompensa que los indemnizara de la violencia que sobre ellos mismos tendrían que hacer para observar esta conducta" (p.23). Acto seguido aclara que "los que intentaron civilizar a la humanidad no ignoraban esto; pero, siendo incapaces de otorgar tantas recompensas verdaderas como se necesitarían para satisfacer a todas las personas por cada acción individual, tuvieron que urdir una imaginaria que, como equivalente general por la dificultad de la negación de sí mismos, pudiera servir en todas las ocasiones, sin costarles nada a ellos ni a nadie, y que al mismo tiempo fuera muy aceptable para quienes la esperan" (p.24). Más tarde concluirán que el equivalente imaginario de la recompensa material será la máquina hechicera de la adulación, sustentándose en la idea de que "nadie es tan salvaje que no le ablanden las alabanzas, ni tan vil como para soportar pacientemente el desprecio" (p.24). En definitiva "la adulación tiene que ser el argumento más eficaz que pueda usarse con las criaturas humanas" (p.24)

 

La coordinación social según el teorema sociopolítico recién visto:

Ahora bien, si como buenos sociólogos nos interesara descubrir cuál sería la respuesta de Mandeville a la pregunta por cómo su sociedad logra la coordinación social, o, por qué los ingleses se comportaban como se comportaban, encontraríamos la hoy enternecedora posición del autor en la siguiente cita extraida de su Investigación que reconoce tener a la vista la historia de los imperios griego y romano:

 

medium_Mandeville.2.jpg"Pero si queremos saber qué es lo que les hacía descollar tanto en fortaleza, coraje y magnanimidad, dirijamos la mirada a la pompa de sus triunfos, o la magnificencia de sus monumentos y arcos; sus trofeos, estatuas e inscripciones; la gran variedad de sus galardones militares, los honores con que se honraba a los muertos, los elogios públicos que se concedían a los vivos y todas las recompensas imaginables con que se premiaba a los hombres de mérito; y veremos que lo que impulsó a tantos hasta el más alto grado de abnegación, no fue otra cosa sino la destreza de sus políticos que supieron emplear los medios más efectivos para halagar el orgullo humano." (p.28)

 

Biografía del autor:

Bernard de Mandeville (Dördrecht, 1670 - Hackney, 1733) se formó como médico en la Universidad de Leiden. En 1699 se trasladó a Inglaterra, donde escribió sus sátiras filosófico-políticas, que alcanzaron una enorme repercusión en su época. (leer más)

 

Datos de la edición utilizada:

Mandeville, Bernard: La fábula de las abejas o los vicios privados hacen la prosperidad pública, Fondo de Cultura Económica*.

 

Traductor:

José Ferrater Mora.

 

* Mi fotocopia me impide acceder a más detalles que puedan beneficiar la ubicación de la  misma edición que utilicé. Pero para que no perdamos el humor, terminaré citando al autor en un aspecto anecdótico de su Prefacio a La Fábula que tiene precisamente que ver con este asterisco: "La siguiente fábula... se imprimió hace más de ocho años en un folleto de seis peniques, titulado EL PANAL RUMOROSO O LA REDENCIÓN DE LOS BRIBONES, que poco tiempo después, tomada por una edición pirata, se voceó por las calles a medio penique el pliego" (p.5).

01 enero 2006

Explicación de la proposición 6.54 del Tractatus Logico-Philosophicus.

6.54 Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido).

Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo.

 

El profesor Diego García Monge (licenciado en filosofía, Pontificia Universidad Católica de Chile), catedrático del departamento de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado, me concedió, muy amablemente, una tutoría grabada sobre las dos últimas proposiciones del Tractatus (versión en PDF) de Wittgenstein (6.54 y 7) que se destacan por su oscuridad, pues tratan de aquello que no pertenece a la teoría del lenguaje figurativo. A continuación transcribo un esclarecedor fragmento:

[...] Parece ser que en el Tractatus, esta cosa de que hay que subir la escalera para tirarla, [quiere decir] que hay ciertas proposiciones que hasta que tú no experimentes que son erróneas, no [tendrá] sentido para ti afirmar que lo son. ¿Por qué? Porque antes de haber subido la escalera, cuando estás en el primer peldaño, a ti no te parecen que sean erróneas. Mounce, por ejemplo, [ex]pone un par de análisis: el tema de cuando nosotros decimos que Dios conoce la totalidad de la realidad fuera del tiempo. ¿Qué significa que Dios conocía, por ejemplo, que Judas iba a traicionar a Jesús antes de que lo traicionara? Uno se pregunta ¿tiene sentido esa cuestión o no? Dicho en otras palabras, Dios conoce el futuro simultáneamente con el presente, o simultáneamente con el pasado. Entonces Wittgenstein diría "bueno, pero esa cuestión no tiene ningún sentido, porque yo no puedo decir que Dios conoce simultáneamente lo que por definición no es simultáneo, porque pasado y futuro no son al mismo tiempo". Entonces ¿Qué es lo que implica eso? No significa que Dios no sea un problema, no significa que la omnisciencia de Dios sea un problema o que eventualmente sean falsas, sino que significa que en el lenguaje cualquier intento que yo haga de hablar acerca de la relación entre Dios y la temporalidad es un intento destinado al fracaso, porque las palabras del lenguaje me van a hacer incurrir una y otra vez en tropiezos. Ahora, cuando yo lo digo al inicio, por ejemplo, Dios conoce todo el tiempo simultáneamente, [así como suena] uno como que entiende que Dios mira como desde fuera y ve todo así, pero ese desde fuera es una analogía espacial, y es una analogía espacial que no permite hacer justicia a un problema que es temporal. O sea, cuando viajo en avión pienso “ya, esto es ver como Dios ve las cosas”, pero cuando estoy arriba del avión no veo el futuro, [sí] veo mucho más del espacio que cuando estoy en la tierra, pero todavía no veo lo que no ha ocurrido. Entonces cualquier intento que yo hago en el lenguaje de explicar cómo es que Dios conoce todo, tanto lo que fue como lo que no ha sido, es un intento que va a quedar mal dicho, eso es un poco la hipótesis de Wittgenstein. Ahora [bien], hasta no haber hecho ese análisis, ese error no va a ser evidente para mí, y por lo tanto, como no es evidente para mí no va a parecerme un error sencillamente, y por lo tanto, la única manera que yo tengo de saber que es erróneo es "saborear" estas expresiones, hacer como una "macerado" con ellas y comprobar que en realidad están mal hechas, es decir, hacer un intento de subir esa escalera y “cachar” que no es la escalera. Y entonces: ¿qué es lo que queda cuando uno sube la escalera? Que lo que tenga que ver con la omnisciencia de Dios es algo que "sólo se ve", no más, en el sentido de que no hay palabras para eso, y uno entiende más o menos, malamente, que Dios es omnipotente y que no tenemos muy buenas maneras o maneras más satisfactorias para decir los atributos de esa omnipotencia [...]

(grabado en Julio de 2004)

 

En conclusión, si bien las proposiciones metafísicas aparentan ser verosímiles (suenan bien), antes de aceptarlas sin más reparo deberíamos hacer un estricto análisis lógico, este ejercicio-evaluativo demostrará la imposibilidad que contienen dichas afirmaciones para que sucedan (para que SEAN), de tal modo que se evidenciará el error que esconden. Al respecto, la metáfora de la escalera es una exhortación a subirla, es decir, intentar "vivenciar" lo que dice la afirmación en cuestión (¿existen los objetos aquí mencionados? y/o ¿puede darse lo que aquí se dice?), con el propósito de lograr, una vez subida la escalera (o lo que es lo mismo, una vez terminado el trabajo de análisis), determinar si son posibles de ocurrir o no en el mundo (la realidad), o si definitivamente son expresiones sin sentido.

En cuanto a la última proposición del Tractatus: <<7. Sobre lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio.>> Basta tan sólo presentarla, ya que se deduce de la explicación de la proposición anterior (6.54). Ahora bien, es interesante lo que, sin forcejeo ni resistencia alguna, podríamos interpretar como una respuesta de Nicanor Parra a la orden de ¡silencio! emanada de la proposición 7. Vean el fragmento a la Advertencia al Lector. Y para leer una defensa y justificación magistral de aquellas expresiones catalogadas en el Tractatus de Wittgenstein como sinsentido, vuelvo a recomendar el discurso La Poesía y el manifiesto El Creacionismo, ambos escritos por Vicente Huidobro

Lenguaje figurativo y Creacionismo.

(por Alberto Urzúa Toledo)

La teoría del lenguaje figurativo, en el Tractatus Lógico Philosophicus de Wittgenstein, explica la capacidad que tiene el lenguaje para expresar un acontecimiento en el mundo (el mundo es la totalidad de los hechos). Cada palabra corresponde a algo que está en el mundo (los objetos), si éstas son relacionadas guardando la forma lógica "aRb", podemos representarnos algún suceso. Si a y son objetos, y R la relación en la que se encuentran (la mezcla, la combinación), apenas la escuchemos o leámos iremos recreando el hecho tal y como fue, es o será. Por ejemplo, "el lápiz sobre la mesa" es fiel a la condición lógica: a (el lápiz) R(sobre) b(la mesa). Otra condición, es que el observador en todo momento sea un observador del mundo, pues cuando quiera escribir o rememorar su experiencia, debe siempre referirse a combinaciones posibles de acontecer en el mundo. En otras palabras, el lenguaje se asemeja a una cinta de video, ya que cualquier afirmación o sentencia puede ser reproducida (entendida) por los seres humanos que manejen algún idioma así como una proyectora reproduce las imágenes que hay en las cintas. El siguiente fragmento, a medida que lo vayan leyendo podrá ejemplificar cómo a través del lenguaje se puede reproducir un suceso encapsulándolo en palabras (¿es cierto que lo van imaginando? así como la sola lectura de un guión de cine permite proyectar la imagen):

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)
LXXXIII (en "Rimas")


Cerraron sus ojos
Que aún tenía abiertos,
Taparon su cara
Con un blanco lienzo,
Y unos sollozando,
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.

La luz, que en un vaso
Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho,
Y entre aquella sombra
Veíase a intérvalos
Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.

...

Ahora bien, la teoría del lenguaje figurativo expuesta en el Tractatus fue la "virgencita" venerada del Círculo de Viena y, lo que en general se llamó, el Positivismo Lógico. Sin embargo, la interpretación oficial que le dió el Círculo limitaba la función del lenguaje (y el habla) a la observación del mundo, y todo lo que no se refiriera a ello, valiéndose literalmente de una proposición de Wittgenstein, quedaría enmarcado dentro de la famosa frase de cierre "de lo que no se puede hablar, es mejor callar". Los seguidores interpretaron esa conclusión como el desprecio e imposibilidad de cualquier otro tipo de lenguaje como el poético, ético, religioso, y en definitiva, de todo lenguaje metafísico. Las salvedades y aclaraciones comenzaron desde el propio Wittgenstein con sus Conferencias de Ética; y posteriormente, un "segundo Wittgenstein", en las Investigaciones Filosóficas. A mi juicio, los manifiestos y discursos de Vicente Huidobro explican ese otro lado del lenguaje de la forma en que ese mismo lenguaje se ve a sí mismo y a la vez se esclarece a sí mismo comparándose y desmarcándose con el lenguaje figurativo. Recomiendo empezar por el discurso titulado La Poesía y luego por el manifiesto llamado El Creacionismo. Por último, échenle un vistazo al Canto VII del Altazor (¿hay algo en el mundo que esté indicado con esas "palabras"?, ¿se imagina el Canto VII, proyecta imágenes entre lo escrito y su visión o sólo sigue viendo letras?).

¡Disfrútenlos!